Monseñor Félix Henao Botero
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Abstract
Es un lugar común comparar al maestro con el sembrador. La propia palabra cultura fue lo que hoy decimos agricultura. El educador y el labriego parten del aparente desorden de la naturaleza en las mentes y en los suelos. Difícilmente limpian prejuicios y malezas. Trazan surcos. Inclinados en acto amoroso, el uno deposita palabras y el otro semillas. Han de estarlas librando día a día de la tendencia a retornar al estado selvático. Han de eliminar, sin lastimar las débiles ideas y plantas nacientes, los robustos herbajos de en torno, los parásitos visibles e invisibles, y estar mirando al cielo para que envíe la llovizna que vivifique y no el aguacero que inunde, al sol para que dé calor sin agostar, al viento para que refresque y no derribe. Un día el agricultor hinche sus graneros con la multiplicación de sus semillas, milagro no menor, como observa San Agustín, del mismo que multiplicó los panes y los peces. El maestro, en cambio, en lugar de recoger, ha dispersado su cosecha. (…)
